V Premio Nacional de Cuentos "Ciudad de Mula"

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LA LUZ OCASIONAL

(Parchís en una tarde lluviosa)

CARLOS GARCÍA VALVERDE

Francamente, me revientan los tipos que siempre saben lo que quieren. Esa pétrea seguridad en sí mismos, que algunos manifiestan, siempre me ha parecido amparadora de una evidente estrechez de miras, un conformismo servil e ignorante, una rotunda falta, en definitiva, de fantasía. No quiero decir que odie a esta clase de sujetos; el odio, como el amor, requiere una suerte de esfuerzo continuo, una constante manutención, un perpetuo estado de alerta que nunca estuve dispuesto a sostener. Por el contrario, el desprecio o el aborrecimiento están más cerca de la desidia, de la ausencia de compromiso que ha marcado mi existencia.

A estas alturas o, por mejor decir, declives de mi vida, ya puedo reconocer, sin que mi dignidad sufra menoscabo alguno, que tal aversión ha dado en constituírse en una especie de mecanismo de defensa contra la aplastante firmeza y seguridad de algunos, contra sus pensamientos dogmatizados, manoseados por millones de anteriores depositarios, un parapeto tras el cual poner a buen recaudo mi permanente duda interior, esta angustia volatinera y quisquillosa, revestida de cinismo, que nunca acabó de sedimentarse.

Es ahora, a esta edad, rebasados ya holgadamente los setenta, cuando me apercibo sin amargor, sin renuncia, sin que la hiel de la contrición enverdezca mi recuerdo, de que mis horizontes siempre han sido difusos, de que jamás he caminado en línea recta, de que nunca he orillado la ocasión de dejar para mañana lo que debí hacer hoy y, maldita sea, no me arrepiento por ello. Antes bien, doy en inferir que mi larga andadura ha sido rica, prolífica y gratificante, paradójicamente, a fuer de mi continua errabundez, de esta duda rebelde y crónica que ha mutado el norte a su capricho. La gratuidad de muchos de mis esfuerzos, lo estéril, a menudo, de mis batallas, me ha permitido, sin embargo, en todos estos años, arribar a las playas remotas del conocimiento, recorrer los verdes prados de la imaginación, atravesar los desiertos de la reflexión hasta recalar, en la recta final de mi vida (no; no puede ser recta, ni siquiera ahora; será discontinua, insegura, como el primer trazo de un colegial) en este asilo, en esta estación término, donde sólo nos es dado, a cada uno, contemplar nuestro propio paisaje interior, nuestro balance, agarrarnos a la memoria endurecida de la propia sombra y ver cada día, cada noche, cómo algún viejo, tan viejo como cualquiera de nosotros, llega por fin a rebasar el último horizonte, dejando atrás, definitivamente atrás, sus huesos y sus fantasmas.

Todo esto recapitulo mientras Benigno, mi compañero de cuarto, ha salido a evacuar su vejiga por enésima vez, tal es la servidumbre con que los años han castigado su próstata. Cuando regrese, retomaremos el hilo de nuestra diaria partida de parchís, costumbre que ya va camino de los tres años, justo desde que llegué a este lugar rehuyendo, quizá ensoberbecido en demasía, la caridad, la compasión de mi único hijo que, a decir verdad, no puso demasiado calor en reiterar su ofrecimiento de mudarme a su apartamento cuando murió Aurelia, su madre y mi compañera. Aguardando el retorno de mi viejo oponente, me acerco a la ventana. Afuera está lloviendo. Las gotas martillean dolorosamente sobre la grava de los caminillos que dividen el jardín, hoy menos verde, bajo las nubes de vientre plomizo. De cuando en cuando, una monja, fundido el negror de su hábito con el del severo paraguas bajo el que se guarece, atraviesa los parterres descoloridos, vestidos de invierno, rompiendo fugazmente la verticalidad del agua con su apresurado tránsito. A mi espalda escucho el lento arrastrar de pies de Benigno, que vuelve a la habitación.

-Venga, me toca tirar a mí -dice, mientras toma asiento, agitando el cubilete.

Voltea el dado sobre el tablero. Estudia la jugada. Benigno es todo lo que yo aborrezco: la seguridad, la voluntad domada, la estrategia. Sopesa sus posibilidades, nunca arriesga, por eso casi siempre gana. Sus victorias, empero, son grises, mezquinas, opacas, pero él se conforma con eso, con coleccionar tediosos triunfos que justifiquen su existencia cuadriculada. Avanza el dedo. Retrocede; cavila aún unos segundos más. No hay indecisión en su gesto; sólo precaución, comedimiento estudiado. Al cabo, transporta una de sus fichas al seguro más próximo, eludiendo así el posible, aunque remoto, acoso por parte de mis colores. Como el exaedro ha presentado un seis, repite tirada. El dado trastabilla sobre el encasillado y vuelve a mirarnos con su cara de tres pares de ojos. Mi adversario se echa hacia atrás, deslizando su vista por encima de las lentes mientras asimila la situación. Al poco, ante la amenaza de un tercer séxtuplo que le obligaría a regresar al punto de partida, decide desplazar uno de sus peones más retrasados, renunciando a perseguir a mi ficha más en vanguardia. En la tercera tirada le sale un uno. Aprovecha para introducir en el cuadrado central, final del recorrido, una ficha que se encontraba en el pasillo terminal, en espera de la jugada propicia.

-Cuento diez -dice, triunfante- y te mato esta otra, y ahora cuento veinte con aquélla, que me la estabas mirando con ojos golositos.

En las jugadas siguientes, hasta el final de la partida, Benigno despliega todo su arsenal de cautelas, de milimétricos avances controlados: ahora, unciendo dos de sus piezas, forma ante mí una barrera, impidiéndome el paso mientras me fustiga por la retaguardia con una de sus fichas más retrasadas; ahora inmoviliza, arropadas en los seguros, sus posiciones más cercanas a la llegada, avanzándolas solamente cuando los puntos concedidos por el dado le permiten abordar la siguiente casilla dispensadora de inmunidad; ahora renuncia al ataque: su última ficha, impelida por una compañera que ha entrado en meta, salta por encima de varios de mis peones y termina situándose por delante, dejando tras de sí una barrera propia que protege su inexorable fuga hacia el final.

Mientras demuele poco a poco mis ya menguadas posibilidades, estudio su frente: puedo leer en ella, como en una pantalla, el transcurso de la partida. Si enarca las cejas, replegando la piel entre sus sienes, como en una marea de carnosas dunas, es señal inequívoca de que, a sus ojos, mi último movimiento ha sido un tremendo dislate que favorecerá su avance. Si, frunciendo el entrecejo, hace converger sobre él un grupúsculo de pequeños surcos asimétricos, el combate está en un momento crucial, sin que la balanza se halla decantado todavía por ninguno de los dos contrincantes. La ceja izquierda levantada, escoltada en lo alto por una formación de arrugas en forma de arcos concéntricos, delatará un ligero arrepentimiento respecto a su última jugada. Por fin, la total laxitud de la piel denota la próxima seguridad de un nuevo triunfo.

En violento contraste con mi colega. mis escasas victorias son brillantes, fulminantes, apoyadas en movimientos imaginativos y arriesgados, despreciando, en toda ocasión, el peligro, ignorando la amenazante proximidad de las piezas enemigas, abriendo barreras de forma arrogante y temeraria, renunciando a una huida cobarde en pos del cuadrado concluyente. Cuando, instalado en su usurera forma de jugar, Benigno consigue arribar sus cuatro pequeños discos a la parcela final, lo habitual es que yo haya finalizado ya con dos o tres de mis piezas. Por el contrario, si se produce una de mis raras y fulgurantes victorias, el campo de batalla queda sembrado de fichas contrarias, errando desorientadas, apareadas en inútiles barreras, encenagadas en seguros que ya no aseguran nada, derrotadas y distantes, en cualquier caso, del coloreado pasillo terminal. Las partidas, escasas, como digo, en las que el triunfo me sonríe, están marcadas por el signo del vértigo, del arrojo suicida, de la alucinante velocidad, y apenas duran veinte minutos; son como un relámpago, fugaz, pero esplendoroso. Benigno atesora docenas de velitas de luz mortecina mientras yo me considero sobradamente pagado con la ocasional luz, vivísima y breve, de una centella.

Bueno, así ha sido toda mi vida, como uno de esos volcanes adormecidos que, de vez en cuando, salen bruscamente de su marasmo, vomitando contra los cielos toda la furia largamente contenida para regresar después al letargo, al anonimato, hasta la siguiente, lejana, erupción.

Minutos después, el meticuloso jugador arriba la última de sus piezas, dando por finalizada la partida. Me mira por encima de sus gafas.

-Has jugado fatal- dice, como siempre.

Luego se aleja hacia el cuarto de baño, arrastrando los pies. Vuelvo a acercarme a la ventana. Ha dejado de llover; las acacias del jardín parecen tiritar en la tarde desabrida, rezumando lentamente las últimas y frías gotas de lluvia. Los bancos de jaspe que festonean los senderos de gravilla, pavonada su superficie por al agua caída, hacen olvidar el cálido sol, los días grandes y luminosos del verano.

-Tenemos tiempo de jugar otra partida antes de la cena- apunta Benigno, de regreso a la habitación.

-Nunca hemos jugado dos veces en la misma tarde- le digo.

No obstante. me siento ante el tablero de parchís, gratamente sorprendido por la ruptura que tal proposición supone en la cronometrada existencia de mi camarada. Por un instante pienso si no estaré acercándolo a mi terreno, pero tal posibilidad se desvanece cuando el pequeño cubo de madera vuelve a brincar sobre las casillas y Benigno reasume sus precavidos modales de estratega. Pero esta vez, esta partida, está destinada a convertirse en una de mis aplastantes y celéricas victorias. Ya desde el principio, algún dios o algún diablo se posa sobre mi hombro haciendo que, mientras yo tengo ya todas mis fichas en juego, Benigno no haya conseguido mover de la base ninguna de las suyas. Por fin, el dado le otorga un cinco, pero nada más iniciar tímidamente el camino, su pieza es arrasada por una de las mías que pasa como un huracán. Diez minutos más tarde, tres de mis efectivos descansan ya en el centro de tablero, al tiempo que mi rival, con su peón más adelantado, acosa a la desesperada a la única de mis fichas que aún recorre los segmentados pasillos de cartón. A trancas y barrancas, logra mantenerse pegado a mi pieza; por fin, cuando ya casi me dispongo a abordar la postrera recta, consigue colocarse tan sólo a dos casillas de distancia. En su frente, una absurda y nerviosa marejada de arrugas va y viene desconcertada, confusa.

-Un dos- murmura, dolorido, entre dientes-; un dos es todo lo que necesito para mandarte a hacer puñetas y tomarme un respiro mientras rehago mis posiciones. Perdona un momento.

Agitando obsesivamente el cubilete, se aleja de la estancia, camino del excusado.

Siempre encuentro algo de amargura en la victoria. No puedo librarme de un cierto sentimiento de culpabilidad, pero ¿por qué? Nunca lo he sabido; quizá no he ganado las suficientes batallas como para acostumbrarme a los laureles. Al ver a Benigno tan fuera de su estabilidad habitual, no puedo evitar sentir una inquietante mezcla de regocijo e infinita piedad. Él, acostumbrado a ascender lentamente a la cumbre, encuentra muy difícil habituarse al vértigo de la caída.

Para entretener la espera me acerco de nuevo a la ventana; es ya de noche y las farolas del jardín multiplican la vegetación en un fantasmal dédalo de sombras. Los charcos, como ojos de la noche, brillan en la oscuridad. No sé cuánto tiempo permanezco así, dejando que mi vista vague entre la negrura exterior, hasta que la llamada para la cena me arranca de mi abstracción. Es entonces cuando reparo en que Benigno no ha regresado a la habitación y, alarmado, me dirijo a los lavabos.

Allí encuentro a mi compañero sentado en el retrete, con la cabeza caída sobre un hombro, inmóvil, muerto. Mientras sus ojos abiertos, mirando a ninguna parte, se resecan lentamente, del cubilete aprisionado por su mano crispada se desliza el pequeño dado y, tras tamborilear brevemente sobre el mosaico del suelo, se detiene.

Un dos.

La vida, a veces, tiene extrañas paradojas.

 

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